Cuando no quede nada, ni fuerza, ni fe, ni ganas, quédate al menos contigo. Quédate respirando, aunque el aire duela. Quédate latiendo, aunque no comprendas por qué la soledad no escucha tu pálpito ni responde a tu llamado interior.
A veces la vida no exige tanta luz; pide, simplemente, no apagar la última vela. No irse antes de tiempo. No rendirse antes de que la noche termine. Permanecer, aun en la penumbra, es ya una forma silenciosa de valentía.
Porque incluso en la oscuridad más larga, el amanecer sigue siendo una promesa que no se ha roto. Y desde los altos montes, no siempre es necesario ver el camino para saber que existe. Quédate.
Permanecer también puede ser una forma de esperanza: una vela mínima que la noche no logra apagar.