Entre luces inmaculadas querías despertar allí donde la vida brotó. Mi mano, incapaz de asimilar el frío de esa verdad, enfrentaba un sufrimiento contenido que nos separaba con un muro invisible de savia y de fin: tiempo eterno, umbral hacia la serenidad de Dios.
Un grito ahogado emergía de mí, y la congoja de mi corazón me inclinaba con frágil dolor. La realidad de ese epílogo se volvía lúcida y, a la vez, confusa. Tu último suspiro se desprendía de la tierra; tenías que decirme adiós. Partías en paz.
Un ángel envolvió tu cuerpo y, en mi resignación, me costaba aceptar lo duro que era dejarte ir. Tu mano se tornaba cada vez más distante y, aunque no pude anticipar el frío de tu piel, comprendí que tu ser ya pertenecía a la luz.
No pude oponerme al tiempo de Dios. Tan dulce y sosegadamente parecías dormir en la divinidad celestial, bajo el mimo del amor eterno. Para contemplarte, solo debía seguir las huellas que dejaste sobre la tierra.
Una despedida puede revelar, en medio del frío y del dolor, la certeza de que el amor deja huellas que no se borran.