Envuelto en el luto de días cansados, su piel anciana, corteza de experiencia, guarda en el pecho las nostalgias del pasado. Un ciclo que cabalgó feliz en la edad del candor y que ahora el tiempo lo dice todo.
Hoy necesita de la ilusión que ha quedado dormida, porque ella, la bella que caminó a su lado endulzando los linderos de su vida, se adelantó al silencio eterno, dejándolo desconsolado y solitario.
Cada noche, lo conmueve la luna embriagada de amor; y con la cabeza inclinada convoca el recuerdo de tardes hermosas. Ahora aguarda en silencio, esperando apenas los amaneceres.
No hay consuelo que alcance su mutismo ni abrace su rutina de lágrimas dolientes; nadie que logre estrecharlo lo suficiente, para darle el aliento que necesita tras su cortina de aflicción.
Sobre su almohada reposan los telegramas y los versos de quien fue su gran ilusión; la compañera que, entre alegrías, sostuvo su vivir. Ella perfumó desde sus mocedades sanas las auroras de su historia y, con su cuerpo, le regaló los hijos: plenitud de su dicha cuando sus fatigas eran otras.
Hoy, sin prisa ya, cruza los brazos y espera que una estrella nocturna, fiel a su lealtad, venga a buscarlo. Sueña con reencontrarse, en los confines de los cielos abiertos, con la mujer que le entregó su amor.
Solloza, y su pecho se agita cansado de esperar: lucha silenciosa de una ancianidad en duelo, sombra del tiempo que pesa, sin más promesas, sobre su historia.
Hay duelos que envejecen junto al cuerpo y vuelven cada recuerdo una forma de espera, fidelidad y amor.